George Orwell, que murió el 21 de enero de 1950 hace hoy setenta años, consiguió una hazaña extraordinaria: convertirse en un intelectual respetado tanto por la mayoría de la izquierda (con la excepción de los comunistas) como de la derecha (con la salvedad de su facción más extrema). Visto con perspectiva, tiene sentido: Orwell fue sin duda un socialista, pero se opuso con vigor al delirio estalinista; en la guerra civil española luchó del lado republicano, pero enseguida denunció la tendencia autoritaria de una parte de este. Pertenecía a las clases sociales inglesas que colonizaron buena parte del mundo, y participó en esa colonización al ejercer como policía en la actual Birmania, pero denunció al Imperio británico y su brutalidad.

Al mismo tiempo, Orwell tenía fuertes instintos conservadores: consideraba que el pueblo solía ser más decente que las élites, adoraba las tradiciones inglesas, la vida de los pubs -le parecía imprescindible que su decoración fuera victoriana- y la Inglaterra rural. Incluso admiraba a Winston Churchill por su arrojo y decisión en la Segunda Guerra Mundial.

Su legado intelectual tras su muerte ha sido asombroso. Dos de sus novelas, ‘Rebelión en la granja’ (1945) y ‘1984’ (1949) se han convertido en dos de las denuncias literarias más importantes de los sistemas totalitarios del siglo XX. Su artículo ‘La política y el idioma inglés’ (1946) es una lección sobre cómo la escritura alambicada, barroca y difícil de entender es, muchas veces, una manera de intentar colar mentiras e ideas autoritarias a los lectores. Y ‘Homenaje a Cataluña’ (1938), un reportaje sobre su participación en la Guerra Civil, es un clásico del periodismo que los españoles hemos seguido leyendo para entender nuestra gran catástrofe. Pero además escribió innumerables artículos de periódico, reseñas de libros y trabajó en la sección radiofónica de la BBC. Lionel Trilling, uno de los hombres de letras más ilustres de la izquierda estadounidense de mediados del siglo XX, dijo que Orwell representaba “la virtud de no ser un genio, de enfrentarse al mundo únicamente con su inteligencia simple, directa y desengañada y el respeto por las propias capacidades, el trabajo que uno decide llevar a cabo”.

Ante la llegada de Trump al poder, ‘1984’ se convirtió en un superventas, y en la era de las “fake news” las referencias son continuas

Pero, ¿qué queda de Orwell hoy? Ante la llegada de Trump al poder, ‘1984’ se convirtió en un superventas, y en la era de las “fake news” las referencias a esta novela son continuas: su protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad decidiendo lo que es cierto y lo que es mentira, porque en el mundo distópico de Orwell eso no lo deciden los ciudadanos, los periodistas o los académicos, sino un Estado autoritario. Sigue siendo útil releer ‘Rebelión en la granja’ cada vez que alguien nos promete una revolución: lo más probable es que acabe comportándose como Napoleón, el jefe de los cerdos rebeldes, que una vez instalado en el poder lo ejerce con mayor autoritarismo y tiranía que el humano al que sustituyó, y después de prometer la liberación definitiva de los animales les obliga a trabajar también los domingos. En un ensayo de 1940 advirtió contra “los intelectuales de izquierdas que son tan ilustrados que no son capaces de entender las emociones más comunes”. En otro, de 1946, explicó que “todos somos capaces de creer cosas que sabemos que no son ciertas, y luego, cuando finalmente se demuestra que estamos equivocados, manipular descaradamente los hechos para demostrar que teníamos razón”. ¿Hay acaso lecciones más actuales?

Fallas morales

Orwell no fue un santo. Su admirador Christopher Hitchens cuenta en el muy recomendable librito ‘Por qué es importante Orwell’ (publicado en español por la editorial Página Indómita) que “lo primero que sorprende a cualquier estudioso de la obra y la vida de Orwell es su independencia […] Se ganó la vida a su manera y jamás tuvo que llamar amo a ningún hombre. Nunca tuvo ingresos estables ni grandes perspectivas comerciales para sus escritos […] Se enfrentó a las distintas ortodoxias y despotismos de su época con poco más que una destartalada máquina de escribir y una personalidad tenaz”.

Pero tenía fallas morales importantes. Sentía un rechazo instintivo por los pobres, por las razas que colonizaban su país, y desconfiaba de los judíos. Fue corrigiendo todos esos prejuicios -incluso escribió algún libro para intentar comprender qué le producía ese repudio; por ejemplo, la clase obrera que retrató en ‘El camino de Wigan Pier’-, de los que era consciente. Aunque es muy probable que nunca dejara de recelar de los homosexuales y fue extremadamente torpe con las mujeres.

Sentía un rechazo instintivo por los pobres, por las razas que colonizaban su país, y desconfiaba de los judíos

Como contaba el periodista Simon Kuper en una columna de la semana pasada, tal vez se equivocara al pensar que el lenguaje oscuro y enrevesado era el mecanismo que los tiranos utilizarían para llegar al poder y ocuparlo de manera indefinida. Los populistas de nuestra época, decía Kuper, hablan muy claro; quizá sean unos mentirosos, pero lo que dicen se entiende. El problema es más bien otro: que sus mentiras resultan seductoras y eficaces en los tiempos democráticos actuales, tan distintos de los años treinta del siglo pasado, aunque nos guste establecer analogías entre unos y otros.

Orwell fue un héroe modesto, perteneciente a la clase alta contra la que se rebeló y, al mismo tiempo, un escritor de la clase más baja, que necesitó escribir a lo largo de su carrera más de dos millones de palabras tanto para ganarse la vida como para mostrar su rebeldía. El novelista Anthony Powell dijo de él que “como la mayoría de los rebeldes, Orwell estaba medio enamorado de las cosas contra las que se rebelaba”. Tal vez su mayor virtud fue la de no ser un genio ni un santo, sino un hombre decente que acertó en muchas más ocasiones de las que se equivocó -aunque sin duda se equivocó- y cuyas lecciones nos siguen resultando útiles.



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