Todo pasa menos esas piedras. Esa colina ha visto llegar con virulencia y huir con prisas toda la historia de Grecia: la sabiduría, la ira, la pobreza, las plazas abarrotadas de lamentos, el nunca pasar del mañana y la eterna espera del ayer… Recientemente, bajo la sombra de esa Acrópolis castrada, empezó la crisis económica y el rescate financiero que puso en jaque los cimientos de esta desigual Europa, el primer experimento de gobierno de los populismos y la llegada masiva de pateras que traían hambre y miedo y encontraban un refugio desde el que soñar con París o Berlín.

Y todo llegó tan rápido como deprisa se ha difuminado cuando la indignación tocó a rebato. La plaza de Syntagma, donde hace pocos años miles de griegos se manifestaban exigiendo una revolución, tiene un sábado de noviembre de nuevo una protesta política: una escasa decena de venezolanos exige con pancartas y banderas la renuncia de Nicolás Maduro entre vendedores de globos y niños que patean una pelota. La plaza hoy se encabrona, y muy poco, por lo que pasa en el Caribe y no en el Mediterráneo.

Las revueltas del inicio de la crisis están en pausa. La izquierda, y sus eternos mil bloques, se enfrentan a la Policía por el pasado. En el barrio de Exarija miles de personas salen a la calle a protestar en recuerdo de la manifestación estudiantil de 1973 contra la entonces dictadura. El ayer parece siempre formar parte del mañana en Grecia. Hay palos, cargas y detenidos. En Syntagma, donde está el Parlamento, quedan varias pintadas en el entorno, escritas en español, junto al símbolo de la anarquía, en las que se lee: “No pasarán”. Y sin embargo, pasaron. Pasó la revolución de Tsipras y el rescate financiero. Pasó casi todo menos las ancianas piedras de aquella colina que lo observan todo.

Nuevos tiempos para la izquierda

La revolución de Alexis Tsipras y su partido Syriza dio paso a una contundente victoria del partido conservador Nueva Democracia, de Kyriakos Mitsotakis, que obtuvo en las elecciones generales de julio la mayoría absoluta para liderar el enésimo renacer griego. “Buscábamos tranquilidad. La gente quiere una mejoría económica, un trabajo. Yo voté a Tsipras creyendo que se podían cambiar las cosas y ahora decidí no votarle porque no cambió nada. Se plegó a Europa”, explica un hombre sesentero que vende artesanías y productos de segunda mano en un tenderete del mercadillo del domingo cerca del Ágora griega.

No ha sido una debacle la derrota de Syriza. Tsipras mantiene parte de su electorado intacto, sacó un 31,5% de los votos y perdió sólo cinco puntos respecto a su victoria de 2015, pero se vio relegado por una nueva opción, conservadora, que los griegos han elegido como más fiable para afrontar el post rescate. Hay dudas en todo caso en la calle: “Hay cosas que no tienen que ver con el dinero, tienen que ver con la mentalidad. Ha cambiado el gobierno, la crisis ha remitido un poco, pero no ha cambiado la mentalidad de las personas que no cuidan nada, que no se preocupan por el país”, dice Irene, una joven de 24 años que trabaja en el hotel Adrián, en el barrio de Plaka, bajo la misma Acrópolis.

Hay una resignación y un optimismo triste en los griegos que se conforman con secarse el llanto. Grecia pagó ya su elevada deuda del rescate financiero, la previsión es que su economía crecerá un 2,8% en 2020 y su desempleo se situará en el 15% (llegó a ser un 28%). “Estamos en la mierda. Aquí se ganan 400 euros de sueldo si tienes suerte. Sólo los que trabajan en el turismo tiene sueldos decentes”, dice Pablo, un argentino que va rebotando por el mundo de crisis en crisis. Él es un inmigrante y forma parte de un colectivo que se ve afectado por los nuevos tiempos.

Grecia es hoy en la UE el gran puerto de llegada de la inmigración que viene de Asia y Oriente Medio. Según Acnur, este año han llegado a Grecia más de 59.000 inmigrantes. Una de las primeras medidas del nuevo Gobierno ha sido endurecer la ley de asilo y agilizar las deportaciones: “La ley de asilo envía un mensaje claro a aquellos que saben que no tienen derecho al asilo pero intentan ingresar a nuestro país, volverán a su tierra”, declaró Mitsotakis. El nuevo gobierno adelgazará la administración, bajará impuestos (si puede) y recuperará inversiones privadas. La biblia del liberalismo aplicada en dosis como receta para revivir.

El nacionalismo de balcón

Y en ese nuevo intento de levantar la cabeza se ha producido el mismo fenómeno que en todas partes en estos tiempos, el renacer de un nacionalismo que se ve en las calles de una Atenas plagada de banderas griegas que cuelgan de ventanas y terrazas. La agenda del nuevo primer ministro, que forma parte de una larga estirpe relacionada antes y ahora con el poder en Grecia, apuesta más por la economía que por las banderas en todo caso: “Hemos conseguido vencer a la extrema derecha con una agenda patriótica pero no nacionalista. Nos hemos enfocado en los problemas de la gente”, declaró Mitostakis tras la victoria. Es cierto que la extrema derecha de Amanecer Dorado, el otro fenómeno populista en este caso de la extrema derecha que emergió años atrás con la crisis, ha desaparecido del parlamento engullida por el voto útil a Nueva Democracia y nuevas opciones de ideología similar. Sin embargo, el acuerdo con Macedonia del Norte y la alta inmigración han despertado un nacionalismo siempre latente en Grecia desde Pericles o Lord Byron.

Los extremos son buenos para sacar titulares aunque no siempre narran bien las realidades. En Grecia, ante el fenómeno migratorio, hay movimientos xenofóbicos que ofrecen excelentes titulares: “Vino y cerdo gratis en una gran barbacoa contra inmigrantes musulmanes”, es el evento que la extrema derecha organizó en Diavata, una localidad griega atestada de refugiados. “Nuestras casas y comunidades se han convertido en guetos”, explica el organizador del evento, Dimitris Ziambazis, que sin romperse la cabeza a pensar apostó por lo del cerdo y el vino para confrontar musulmanes.

En medio de todo ese nacionalismo por encauzar o desatar, de una crisis que aún debe superarse, con la izquierda populista de Syriza aún con fuerza pero derrotada y la extrema derecha desactivada pero con la bala de una inmigración en la recámara, queda al menos algo que resolver que sí une a todos los griegos: las piedras.

El robo del alma griega

El Partenón y su historia es de alguna manera un resumen de los propios griegos. La lucha por devolver los frisos del gran templo griego del Museo Británico a Atenas parece el último símbolo de un pueblo que parece encontrar en el pasado más que en el futuro el impulso definitivo para un otro renacer.

“Los frisos y estatuas que faltan están en su mayor parte en el Museo Británico”, explica una guía a un reducido grupo de turistas en el reluciente museo del Acrópolis, inaugurado en 2009, y desde cuyos ventanales se contempla la colina sagrada. Están las ventanas, las vistas, el espacio ya preparado para exponerlos… y sólo faltan los mármoles.

Un miembro de la Guardia Presidencial permanece en guardia frente al templo Erecteión en la Acrópolis. (EFE)

La histórica lucha por recuperarlos, empezada en 1983 por la que fuera famosa ministra de Cultura, la actriz Melina Mercuri, cuenta ahora con un nuevo importante aliado internacional. El presidente chino Xin Jinping, que acaba de visitar el país y ha conseguido que Grecia se sume a su proyecto comercial de la Ruta de la Seda donde los puertos griegos son claves, pagó a sus socios el acuerdo con un gesto significativo para los helenos: “No sólo tendrán nuestro apoyo, es que debo agradecerles esta demanda porque nosotros también tenemos muchas esculturas fuera e intentamos que lo antes posible retornen a nuestra patria”, dijo Jinping cuando el presidente griego, Prokopis Pavlopoulos, le pidió que le apoyara en esta causa durante la visita de ambos al museo de la Acrópolis.

El conflicto es histórico. Grecia reclama los mármoles expuestos en el Museo Británico desde hace décadas. “Los daños más severos al monumento fueron causados en 1801-1802, cuando el embajador escocés de Inglaterra en Constantinopla, Thomas Bruce, conde de Elgin, sacó la mayor parte de las esculturas entre las que estaban también partes del templo. Sobornado a los guardianes turcos de la Acrópolis y empleando el equipo del artista italiano G.B. Lusieri, removió y transportó a Inglaterra 19 esculturas del frontón, 15 metopas y el relieve de 56 bloques aserrados del friso, hoy exhibidos en el Museo Británico”, afirma el cartel explicativo situado bajo el Partenón.

La historia es confusa y las versiones de los hechos variadas e interpretables. El Panteón había sido convertido por los otomanos en un polvorín primero y en una mezquita después. En 1687, las tropas venecianas hicieron saltar por los aires todo el techo de un cañonazo. Los británicos señalan que la compra del embajador al sultán fue legal e inciden en que de esa forma se salvaron valiosas piezas que corrían el riesgo de ser destruidas. La historia, al menos sobre el riesgo que sufrían, no les da la razón, ya que en 2019 el Partenón sigue en pie y los mayores daños que ha sufrido fueron de manos de venecianos e ingleses.

La campaña para que los mármoles del Partenón regresen a casa comienza a adquirir fuerza. Grecia tiene también aliados en el Reino Unido. La web parthenonuk.com, creada por un grupo de británicos que apoyan que las esculturas regresen a la Acrópolis, cuenta con diversas actividades y reconocidas figuras internacionales de las artes o la política, como Putin, Bill Clinton, George Clooney, Janet Suzman o Bill Murray, que exigen que el Partenón deje de estar castrado. Incluso el líder laborista Jeremy Corbyn aceptó si es primer ministro “comenzar a hablar sobre el retorno de las esculturas”.

Abrir esa espita es arriesgado, especialmente para la mayor parte de museos occidentales que tienen entre sus muros miles de piezas sacadas de sus ex colonias. Tras los mármoles del Partenón puede llegar una catarata de peticiones que conviertan museos como el British en una enorme sala de diapositivas. El caso griego tiene tintes en todo caso de derecho internacional y penal: ¿fue un robo o fue una compra? El actual director del Museo Británico, Hartwig Fischer, declaró a inicios de 2019 ante la creciente presión internacional por devolver los mármoles a Grecia, que “no se regresarán los mármoles” cuyo traslado a Londres calificó de “acto creativo”.

Da igual, quizá la Acrópolis sea un símbolo de esta Grecia que lo creó todo y que sin embargo siempre parece que le queda todo por hacer. “¿Qué significa el Taj Mahal para India? ¿Qué significan para Italia las pinturas de la Capilla Sixtina? Los mármoles del Partenón son nuestro orgullo. Son nuestra identidad. Ellos son el vínculo actual con la excelencia griega. Son nuestra herencia cultural. Nuestra alma”, dijo Melina Mercouri cuando inició en los 80 la lucha de recuperar los mármoles. Nada ha cambiado desde entonces, las esculturas aún siguen en Londres y Grecia aún siente que le robaron el alma.



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